Terrores del Año Mil
Es corriente la creencia de que el mundo cristiano, al entrar en el año mil, estaba sacudido por temblores y miedos en la creencia de que se acercaba el fin del mundo. Literatos y algunos historiadores, especialmente románticos, se han hecho eco de esta fábula. Según ellos la noche del 31 de diciembre del año 999 veía las iglesias llenas de hombres y mujeres gimiendo y llorando pidiendo a Dios el perdón de los pecados en la certidumbre de que se acercaba el fin del mundo y con él el Juicio Final. Los lujuriosos confesaban a gritos sus pecados y lascivias, los avarientos ofrecían sus tesoros al Señor para que les fuese perdonado su vicio y debilidad, los orgullosos vestían sayal y cubrían sus cabezas con cenizas reclamando misericordia y todos, llorosos y compungidos, al oír las campanadas de la medianoche esperaban escuchar también las trompetas angélicas que hicieran resucitar a los muertos que, junto con los vivos, en aquel momento comparecerían ante el Divino Juez.
Pero nada menos cierto, los pretendidos terrores del año mil son una fábula inventada a fines del siglo XVI por unos cronistas, especialmente italianos y franceses, que remataban así su opinión sobre los siglos medievales, que calificaban de oscuros y bárbaros. Era el mismo criterio que hacía llamar «gótico», es decir, propio de los bárbaros godos, al arte de las catedrales, monasterios y construcciones civiles que aún hoy admiran el mundo entero.
¿Cómo llamar bárbaros a los arquitectos y artistas que levantaron las seos de Chartres, León, Burgos, Compostela, Reims y tantas y tantas otras que hoy enorgullecen a los países que las poseen? ¿Cómo llamar oscuros los años que produjeron figuras como Tomás de Aquino, Anselmo de Canterbury o que vieron aparecer los Cantares de Gesta franceses, el Poema de Mio Cid, el Libro de Buen Amor del Arcipreste de Hita o los deliciosos poemas provenzales y catalanes del Amor Cortés que invadieron Europa? ¿Cómo tildar dé ignorantes y bárbaros los ochocientos años de historia en que la ciencia se desarrollaba en Europa al compás de los hallazgos griegos y orientales que a través de los musulmanes llegaron a Europa gracias a los scriptoria de Vic y Ripolí o a la Escuela de Traductores de Toledo?
Dejando aparte estas consideraciones, veamos cómo se originó esta leyenda y el porqué de su falsedad:
Desde siempre los predicadores han caído, en general, en creer que la época en que vivían era la más malváda de las existentes hasta en aquel momento y que merecía un castigo del cielo semejante al de Sodoma y Gomorra. Sin remontarse a la Edad Media léanse los sermonarios de los siglos XVI y XVII y, para los que cuenten algunos años, les bastará recordar los tétricos ejercicios espirituales de su infancia y adolescencia. Las predicaciones de los años del primer milenio eran si cabe más tenebrosos todavía. Todo ello mal interpretado, sin sentido de la historia y unido a la idea de que los anteriores siglos eran bárbaros hizo posible la invención de la patraña de los terrores del año mil.
Pero es que además se ha de tener en cuenta que en aquella época, me refiero al primer milenio de nuestra era, la mayoría de los hombres no sabían en qué año vivían, y lo que es peor, muchas veces ignoraban su propia edad. Así, por ejemplo, es corriente encontrar en los documentos de la época expresiones como «de unos veinte años de edad» o «dos años después de la sequía» o «en el segundo año del reinado del rey Fulano».
Pero aún hay más. la cronología actual está basada en los cálculos que en el siglo vi efectuó un monje llamado Dionisio el Joven o el Exiguo, no se sabe si fue llamado así por su poca estatura. Según los cálculos de Dionisio se empezó a contar desde entonces la denominada era cristiana que es la actual. Pero Dionisio se equivocó en sus cálculos y cien años después el benedictino inglés Beda el Venerable en su Historia eclesiástica demostró que Dionisio se había equivocado en tres o cuatro años, cosa que han corraborado investigaciones posteriores. Así pues, hoy estaríamos no en 1991, fecha en que escribo estas páginas, sino en 1994 o 1995.
Más todavía. Este cómputo del tiempo no se usó oficialmente en todas las naciones en forma habitual. Por ejemplo, en España se usaba la era hispánica o de Cesar, que empezaba el año 30 a. de J.C., fecha del decreto en que Octavio Augusto, a la sazón triunviro con Marco Antonio y Lépido, declaró Hispania tributaria de Roma. Esta era se usó en Aragón hasta 1358, en Castilla hasta 1383 y en Portugal hasta 1415.
Véase pues la dificultad de unificar a la cristiandad en la idea de un desconocido año mil.
Por si eso fuera poco el año no empezaba en todas partes cl primero de enero.
En un interesante libro publicado en España por Ultramar Editores el pasado año 1990 titulado Calendario, cuvo autor es Alfredo Cattabiani, se lee en su página 25 lo siguiente: «En cuanto a la fecha del Año Nuevo hay que
decir que experimentó, desde la Edad Media hasta los umbrales del siglo XIX, muchas variaciones con respecto a la del último calendario romano. Hoy se ha unificado en todos los países de tradición cristiana o cristianizados.
»Por ejemplo, en Inglaterra e Irlanda, desde el siglo XII, hasta 1752 se celebraba el 25 de marzo; en España se había fijado el 25 de diciembre hasta principios del 1600. A veces, la fecha del principio del año variaba de ciudad en ciudad. Existía el estilo -así se llamaba el sistema preseleccionado- de la Natividad, que establecía como primer día del año el 25 de diciembre; el estilo de la Encarnación o florentino -porque se utilizó durante mucho tiempo en Florencia- lo fijaba el 25 de marzo, fiesta de la Anunciación de María Virgen; el estilo de la Pascua o francés, adoptado hasta 1564 en Francia, lo fechaba en el domingo de Resurrección; el veneciano, usado en Venecia hasta la caída de la República en 1797, lo determinaba en el 1 de marzo; el bizantino, adoptado en la Apulia y Calabria durante la Edad Media, lo indicaba el 1 de setiembre; por fin, el estilo moderno o de la Circuncisión, en vigor actualmente en nuestros días occidentales, el 1 de enero.
»Este último estilo fue abandonado casi por completo durante la Edad Media porque no iba unido ni a un acontecimiento astronómico ni a una fiesta religiosa. En cambio, el 25 de diciembre, que se relacionaba con la fiesta del solsticio y con el nacimiento de Cristo, se sentía como un verdadero Ano Nuevo. En cuanto al 1 de marzo -el estilo veneciano-, se relacionaba con el antiguo Ano Nuevo primaveral, como por otra parte el 25 de marzo - estilo de la Encarnación o florentino- y el estilo de Pascua.»
En este mismo libro, que recomiendo vivamente a mis lectores porque es interesantísimo y lleno de datos y curiosidades históricas, se añade una nota refiriéndose a la frase «este último estilo fue abandonado casi por completo durante la Edad Media» lo siguiente: «No completamente: por ejemplo, se utilizaba en la Francia merovingia, en España, Portugal y en otros sitios al mismo tiempo que otros estilos. En Italia se reanudó en diversas cancillerías y entre personas particulares a partir del siglo XV, pero bastastante más tarde en las actas notariales. En Roma, Gregorio XIII (1572-1585) empezó en los últimos meses de su pontificado a fechar las bulas con el estilo moderno.»
Véase pues ¡a imposibilidad de otorgar la mínima creen-cia a la fábula de los terrores del año mil. Ni se sabía que se estaba entrando en dicho año ni dicha entrada correspondía, en casi ningún lugar, con el 1 de enero.
Pero la creencia en un inmediato fin del mundo o en la entrada de un período final del mismo con la aparición del Anticristo o en el inicio de una era de bondad y paz continúa obsesionando a mucha gente. Alguna secta de origen americano ha vaticinado el final del mundo dando lechas exactas que han sido siempre desmentidas, y no por ello cejan en su proselitismo engañando a gentes ignaras y de buena fe fáciles de embaucar.
Por Carlos Fisas, en el libro "Historias de la Historia" quinta serie, de la editorial Planeta.