Reclutamiento y formación de las expediciones en la Conquista de América

El ambiente en el que se prepararon las grandes conquistas difiere del que conocieron los primeros descubrimientos. Por un lado, porque desde hace lustros los españoles están ya instalados en los nuevos territorios, Cortés en Cuba y Pizarro en Panamá. Es a partir de estas bases que montan ahora sus expediciones. En estas condiciones, las ambiciones personales, las intrigas y la riqueza que a veces se ha acumulado ya, son factores determinantes en el establecimiento de los elementos fundamentales de la conquista del continente.

En 1518, y no lejos de Veracruz, la expedición de Grijalva recibió de los enviados de Moctezuma una cantidad de oro nada desdeñable. Juan de Grijalva decidió entonces enviar este tesoro a Cuba, y aprovechar el viaje para evacuar a los heridos graves y a los enfermos; la responsabilidad del transporte recayó en Pedro de Alvarado, quien se alejó en un navío algo estropeado, y que era preciso calafatear de nuevo. Cuando llevó a Santiago de Cuba, el gobernador Diego de Velázquez le recibió con grandes muestras de entusiasmo, «tomándole sin cesar entre sus brazos para darle el abrazo», convencido de que un magnífico reino se extendía por Tierra Firme. A partir de ese instante, sin perder un solo día y para cortar la hierba bajo los pies de competidores eventuales, el gobernador envió a España a uno de sus capellanes, Benito Martinez, para que informara a las autoridades metropolitanas y obtuviera de ellas la orden de conquistar y poblar el nuevo imperio. Velázquez estaba casi seguro de obtener lo que deseaba del obispo de Burgos, Rodríguez de Fonseca, como responsable a la sazón de las Indias occidentales, ya que le había ofrecido una buena encomienda.

No obstante, dado su estado de salud y su obesidad, no podía asumir personalmente el mando de la nueva empresa. Era, pues, preciso designar sin tardanza un jefe responsable, en el hervidero de las intrigas y de las ambiciones. El clan Velázquez, en particular, tenía sus propios candidatos, pero también eran muchos los que hubieran deseado marchar bajo la autoridad de Juan de Grijalva. Cortés, quien a la sazón pertenecía al entorno del gobernador, en su calidad de hidalgo apreciado, joven casado pero sin carisma particular, se entendió con el secretario del gobernador Andrés del Duero y con Amador de Lárez, representante financiero de la Corona, y muy próximo también a Velázquez. Los tres compadres se pusieron de acuerdo: si Cortés obtenía el mando supremo, haría tres partes iguales de los botines que le corresponderían, y dos de esas partes irían a sus garantes. Sirviéndose de sus consejos y de su presión constante, Del Duero y De Lárez consiguieron efectivamente que el gobernador designara a su amigo y le proveyera de los documentos que acreditasen y fijasen el ámbito de su misión. Se obtienen así dos elementos muy importantes: el jefe y la flota. En efecto, además de los cuatro barcos de Grijalva, recalafateados y carenados, Velázquez armó otros seis a sus propias expensas. Tenemos, pues, a Cortés investido. Actuará con rapidez, a tono con su carácter y en función de las obligaciones de su cargo.

 

Aparece así un nuevo hombre con autoridad: en Santiago de Cuba asistimos al nacimiento de una ambición y de un destino. En primer lugar, el futuro marqués de Oaxaca (H. Cortés), bastante cuidadoso ya de su apariencia, acentuó su elegancia. Decoró su sombrero con un penacho de plumas sujeto con una medalla de oro, que producía un efecto inmejorable. Se encargó una cadena de oro para su nuevo jubón de terciopelo, y ordenó asimismo que le confeccionasen pendones bordados con las armas de Castilla, marcados a ambos lados con una cruz roja, y con la siguiente inscripción latina: «Amici, sequamur crucem et si fidem habemus vere in hoc siguo vincemus» («amigos míos, sigamos la cruz, y si de verdad tenemos fe en este símbolo, venceremos»). Así, pues, y desde el comienzo de su conquista, Cortés se colocó bajo la protección de Cristo, como en su día lo hiciera el emperador Constantino en el año 312.

A pesar de todo, esta invocación sagrada no suprimía los problemas: nuestro futuro héroe andaba mal de dinero. Es cierto que poseía una encomienda en la que los indios explotaban muy buenas minas de oro; pero sus gastos suntuarios eran elevados, para él y sobre todo para su joven esposa. Fue preciso, pues, tomar prestado lo que resultó bastante fácil para este hombre de trato cortés, alcalde de Santiago de Baroco, y cuya conversación era muy agradable. Jerónimo Tría y Pedro de Jerez, ricos mercaderes del lugar, prestaron a Cortés 4.000 pesos de oro y le proporcionaron numerosas mercancías a crédito tomando como hipoteca los ingresos de la encomienda. Gracias a este dinero, Cortés -después de ceder a sus inclinaciones personales- se lanzó a la preparación efectiva de la expedición según la técnica que utilizaban, y que utilizarán, todos los demás jefes.

Comenzó por reunir toda suerte de armas, armas de fuego y pólvora, ballestas, etc. Después hizo acopio de objetos de pacotilla, tan necesarios para los futuros intercambios, perlas, collares, cuentas, bonetes rojos, campanillas... A continuación envió heraldos por todas las calles de Santiago para que anunciasen al son de corneta y de tambor que todo el mundo podía enrolarse «para ir a conquistar y poblar las tierras recién descubiertas, en nombre de Su Majestad y de su representante Diego Velázquez y que todos recibirían su parte de oro, de plata y de joyas, así como encomiendas de indios una vez obtenida la pacificación». Para conferir a esta proclama un aspecto absolutamente legal, Cortés aseguraba que las autorizaciones imperiales se encontraban ya en manos del gobernador, afirmación un tanto prematura pero que nos adelanta la forma de actuar del futuro conquistador. Por otra parte, Cortés envío a sus amistades cartas en las que les invitaba a unirse a él en la gran aventura. A partir de entonces, muchos vendieron sus bienes para procurarse armas y caballos, mientras que otros comenzaron a amontonar pan de yuca, tocino, y todos los productos imprescindibles en una expedición de este tipo.

El resultado fue que en breve más de trescientos soldados se reunieron en Santiago, entre los cuales se encontraban varios señores de la camarilla de Velázquez, que se habían apuntado bien por entusiasmo o bien para vigilar al joven ambicioso. Cortés, consciente de las amarguras que sin duda había suscitado su nombramiento, apenas se alejaba del gobernador, y le prodigaba constantemente testimonios de respeto, esto es de adulación. No obstante, había que actuar con rapidez, ya que Velázquez parecía dudar de su decisión ante los reproches de sus familiares. Cortés pidió entonces a su esposa que mandara llevar a bordo todas las reservas y los dulces que le había preparado, llamó a sus puestos a los pilotos y a los jefes de tripulación y les confirmó como tales en el momento. Luego, después de despedirse afectuosamente de Velázquez, desplegó velas rumbo a una primera escala: la Trinidad.

Allí fue recibido calurosamente, y mandó colocar sus estandartes delante de su residencia. A continuación, procedió como en Santiago: compra de armas y de provisiones, y luego llamada de enganche. Muchos hidalgos respondieron a la llamada de Cortés, de entre los cuales varios grabaron su nombre en la historia, como Pedro de Alvarado y sus hermanos, Alonso de Avila, Gonzalo Mejía, Cristóbal de Olid, etc. Desde la ciudad de Santoespíritu, a ocho leguas de distancia, llegaron también Alonso Hernández de Puertocarrero, Gonzalo de Sandoval, Juan Velázquez de León y otros muchos hidalgos. Cortés salía a recibirlos con grandes demostraciones de amistad, y mandaba disparar salvas en su honor, mientras que por su parte todos los recién llegados distinguían al general con testimonios de profundo respeto. La mayoría de ellos traían sus propias reservas de cazabe, de tocino y de cerdos vivos, y sólo los más ricos acudían con caballo.

A este propósito, merece la pena citar una anécdota que demuestra la habilidad y la calidez de Cortés: el noble Puertocarrero, primo por cierto del conde de Medellín, no tenía una fortuna tan espectacular como su blasón. Resultaba, pues, inconveniente que un señor de tanta alcurnia fuese a pie. Cortés sacrificó su gruesa cadena de oro, de la que estaba tan ufano desde que la encargara en Santiago, y compró una yegua gris, excelente trotadora, y se la ofreció a Puertocarrero, ganando así para siempre a un amigo incondicional. Ocurrió, por otra parte que un navío repleto de alimentos destinados a las minas (cazabe y tocino, como era costumbre), llegó a Trinidad procedente de Santiago. El propietario, Juan de Sedeño, quien esperaba extraer pingües beneficios de la venta de su carga, se dejó convencer (como tantos otros) por la retórica seductora del «general» y le vendió -a crédito, desde luego- su navío y la carga, y luego se enroló tan feliz en el nuevo ejército. Este hombre no estaba motivado por espíritu de lucro, ya que de todos era el más rico, llevando consigo una yegua y un sirviente negro, lo que en aquella época resultaba tan cara la primera como infrecuente el segundo. Sin embargo, Cortés estaba lleno de deudas, si bien era infinitamente rico en esperanzas, que sabía compartir. Pudo romper con facilidad todas las trabas que Velázquez, asustado ya por el dinamismo de su lugarteniente, se esforzaba en crearle. Es así como todos los mensajeros portadores de despachos conminatorios quedaron seducidos, y regresaron a Santiago convencidos por las protestas de lealtad total que les dio Cortés.

El tiempo apremiaba. Cortés ordenó a todos los soldados que pusieran sus armas a punto; pidió a los ballesteros que se proveyesen con el máximo posible de proyectiles, y convocó a los herreros para que forjasen puntas de flecha, consiguiendo arrastrar a varios en su aventura. Después de doce días de estancia en Trinidad, todo el mundo se embarcó en los navíos -once ahora- para dirigirse a La Habana, puerto escogido para la partida. Pedro de Alvarado debía atravesar la isla por tierra, acompañado de cincuenta soldados y caballos, al objeto de rematar en ruta el reclutamiento. Sucedió que en la travesía, la nao capitana, envuelta en la bruma, encalló en un arenal. Los otros diez barcos llegaron, pues, a La Habana sin su jefe, y comenzó entonces una espera caldeada por la llegada sin incidentes de Pedro de Alvarado y de sus nuevos reclutas. Transcurrió más de una semana, durante la cual comenzaron a dejarse notar varias ambiciones personales, felizmente acalladas con la llegada de Cortés, que muchos saludaron con alivio, mientras que otros ahogaron un despecho y una mala fe que pronto se manifestarían. De nuevo se desarrolla el mismo ceremonial: estandartes desplegados, heraldos sonoros... y personalidades de primera línea que se agregan a las tropas. Entre ellos se encuentran Diego de Soto y Francisco de Montejo, quien a su vez sería con el tiempo adelantado y gobernador del Yucatán y de Honduras.

Los preparativos están ahora casi terminados. Cortés envió a Diego de Ordaz al mando de un navío hacia una encomienda que pertenecía al gobernador, para que recogiera avituallamiento, pero también para alejarle momentáneamente a la vista del nefasto papel que había desempeñado durante la ausencia del general. Ordaz, al igual que Pedro de Alvarado, enviado a su vez por delante con un navío del que era capitán (aunque la navegación era incumbencia del piloto Camacho), debían aguardar a los otros nueve barcos en el extremo Oeste de Cuba, el cabo de San Antonio. A continuación, la flota entera se dirigiría hacia Cozumel, en la costa del Yucatán.

Lo único que faltaba ahora era rematar la puesta a punto. Se dio la orden de sacar la artillería, diez cañones de bronce y algunos falconetes, bajo la responsabilidad de cuatro especialistas, encargados de limpiar las piezas con vinagre y de probarlas. Se les pidió también que verificasen las bolas, así como el buen estado de la pólvora. Por su parte, los ballesteros tenían que inspeccionar sus armas a menudo, y efectuar después tiros de entrenamiento de manera que quedara bien fijado el alcance de los dardos. Mientras, los soldados preparaban a su vez espesas túnicas guateadas de algodón, de gran eficacia contra las flechas y las lanzas, y que además resultaban más ligeras que las corazas medievales todavía en uso. Se acondicionó en cada barco un pesebre y se almacenó maíz y forraje para los 16 caballos embarcados.

Todo estaba listo para la gran partida, que tuvo lugar el 10 de febrero de 1519, después de oír misa. Se produce entonces un episodio significativo: el piloto Camacho, sin tener en cuenta las órdenes dadas por Cortés, enfiló ruta más allá de la punta de San Antonio, y condujo el San Sebastián directamente a Cozumel. Allí desembarcó Alvarado, y efectuó algunas incursiones en los poblados abandonados por los asustados habitantes, arrambló con los alimentos, cogió algunas joyas de los templos y se adueñó de dos indios y de una india. Luego, muy satisfecho, regresó a la costa adonde Cortés llegaba ya. La ira del jefe fue espectacular: envió a los grilletes al piloto desobediente y reprendió con fuerza y en público al impetuoso Alvarado. Luego puso en libertad a los tres rehenes después de colmarlos de regalos y de prodigarles palabras apaciguadoras. Asimismo, se restituyó todo lo que había sido sustraído, de manera que al día siguiente los habitantes, serenados, circulaban entre los españoles, «como si nos hubieran conocido siempre»; y, Bernal Díaz del Castillo añade: «Es aquí, en esta isla, donde Cortés comenzó a mandar verdaderamente».

 

El proceso de puesta en marcha de una expedición como el que hemos seguido constituía, más o menos, la norma. Cortés añadió por su cuenta un toque de grandeza, de megalomanía quizá, ya que organizó su «casa» antes incluso de salir de Cuba. Era preciso, pues, primero, el mandato supremo (aunque de hecho Cortés levó anclas antes de que ese documento hubiera llegado siquiera a Velázquez. Más tarde exigirá y obtendrá una entronización personal, justificando así los temores del gobernador), acompañado de los funcionarios de la Corona que tenían a su cargo vigilar la legalidad de las distintas acciones, y en particular la recaudación del quinto real. El jefe designado, a quien las instrucciones conferían al título de gobernador o de adelantado, podía sufragar la mayor parte de sus gastos a sus propias expensas. Esto es lo que hizo Cabeza de Vaca en 1540, invirtiendo 8.000 ducados. Con frecuencia eran los banqueros o los comerciantes ricos quienes adelantaban los fondos mediante contratos financieros debidamente legalizados.

Los hombres se presentaban con sus armas y sus caballos, y los hombres de a caballo tenían luego derecho a percibir el doble de la parte que correspondía a los de infantería. Cada navío estaba dirigido por un piloto responsable de la navegación y por un capitán que ejercía la autoridad militar, y todos ellos eran elegidos directamente por el general. Por último, un médico y cirujanos barberos se encargaban de vigilar la salud y de verificar los medicamentos, compuestos esencialmente por aceite, vino, esencia de trementina y purgantes. La Iglesia estaba igualmente representada en cada barco, ya que la vida a bordo funcionaba a ritmo de oficios. Muy pronto, los frailes, destinados a la evangelización, formaron parte integrante del conjunto. En cuanto a los marineros, enganchados con la promesa de pagas regulares, sólo participaron en los repartos del botín cuando las circunstancias les obligaron a tomar parte en acciones de guerra. Es evidente que para mantener la disciplina, sobre todo cuando estas tropas aventureras se encontraban en tierra, era preciso un puño de hierro y un ascendente indiscutible.

Bibliografía: "Los conquistadores", Guy y Jean Testas. Ledaf.


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