Numancia, ejemplo de resistencia

Cuando estudiaba bachillerato, al hablar de la conquista romana de España salía a relucir siempre el nombre de Numancia, que durante veinte años desafió al poderío de Roma. Se hablaba entonces, y se ha hablado después, de la resistencia numantina, frase que se aplica tanto a un episodio guerrero como a la resistencia a abandonar el poder por parte del Presidente del Consejo de Ministros. Fuera de esta frase poco más se nos explicaba: que los numantinos habían muerto sin rendirse ante las legiones romanas, incendiando la ciudad. Poca cosa era para una lucha que duró doscientos cuarenta meses.

Un historiador francés, Robert Courau, en su interesante Histoire Pittoresque de l'Espagne nos narra con pintorescos detalles, como era de esperar, dado el título de su obra, la historia menuda del suceso.

«Ya a su llegada a la región, cortada por estrechos desfiladeros, la primera columna romana cae en una emboscada; sufre tantas pérdidas que el aniversario de ese desastre será en adelante "día nefasto» en el calendario de Roma. Pero reemprendiendo la ofensiva, con un cuerpo expedicionario reforzado, los romanos llegan hasta Numancia, precedidos de un grupo de elefantes; los numantinos, impresionados por el aspecto insólito de los gigantescos animales, retroceden a refugiarse tras sus murallas; pero muy pronto las duras bolas de barro cocido lanzadas por sus catapultas siembran el pánico entre los elefantes, que en su huida aplastan a los romanos; una salida de los numantinos pone término a la degollina. Pasan los años sin acciones decisivas; no habiendo logrado tomar por asalto la pequeña ciudadela que se levanta como activo centro de la resistencia regional, los romanos, para reducirla a la impotencia, deciden circundarla de una zona inundada; la situación de Numancia, próxima a la confluencia de los dos ríos que la rodean, facilita la ejecución del plan; y ya se han iniciado importantes trabajos cuando unas vigorosas salidas de la guarnición sitiada obligan a los romanos a abandonarlos. Llega el invierno; contrariamente a la costumbre de la época, las tropas romanas, en vez de instalar sus cuarteles de invierno bajo un cielo más clemente, se mantienen en sus posiciones; van a conocer el rigor de los inviernos a más de mil metros de altura, en un lugar desolado de la nevada meseta; muchos legionarios mueren de frío; otros fallecen de hambre en aquella región sin recursos, porque el enemigo captura más de una vez las columnas de avituallamiento. Diezmados además por los ataques constantes de inasibles salteadores, desmoralizados por la incesante «guerra de fuego" de las guerrillas, los soldados romanos se disgregan; el reclutamiento de reemplazos para aquella guerra impopular se manifiesta cada vez más difícil; Numancia se ha convertido para los romanos en «terror de la República".

»Un nuevo desastre va a acentuar la incapacidad del mando romano en España. Una vez más cae en una emboscada un cónsul con su cuerpo expedicionario; en un desfiladero tan estrecho que toda maniobra de huida es imposible, no puede evitar un total aniquilamiento sino mediante la firma de un humillante tratado, que obliga a Roma a deponer las armas y respetar en lo sucesivo la independencia de los numantinos. Pero no se contó con la irreductible voluntad del Senado romano; que negándose a ratificar el tratado manifiesta su desaprobación haciendo colocar al general vencido completamente desnudo ante los muros de Numancia y decide enviar contra los celtíberos al más ilustre de sus generales, Escipión Emiliano, que acaba de inmortalizarse con el aniquilamiento de los cartagineses y la total destrucción de su orgullosa capital.

"Hijo de Paulo Emilio, que había sido procónsul en España y destacó por la conquista de Macedonia, Escipión Emiliano (185-129 a.C.) entró por adopción en la ilustre familia de los Escipiones. Hombre estudioso y reservado, afirmó su valor en España, venciendo en combate singular a un jefe indígena que desafiaba a los romanos. Nombrado cónsul (antes de la edad legal, en el 147), al principio de la tercera guerra púnica dio por terminada con la caída de Numancia la conquista romana de España. Pero poco después de su regreso a Roma, mezclado en intrigas políticas, fue asesinado en 129.

"Cuando Escipión llega a España, el ejército romano, vencido y desmoralizado, ha abandonado ya las altas mesetas hispanas para replegarse hacia el litoral mediterráneo; la ociosidad, el juego, el libertinaje y la indisciplina reinan en los campamentos. Escipión introduce de nuevo el orden, arrastrando a las tropas a grandes marchas y a la práctica del atrincheramiento. «Acabaré con los numantinos mediante el pico y la pala", decía. Y enseguida, recuperando mediante una brillante ofensiva el terreno perdido, conduce a los romanos ante Numancia. El, que había sitiado y destruido a Cartago, una de las ciudades más opulentas del mundo antiguo, se extraña al no encontrar en Numancia, llamada el "terror de la República", más que una aldea de casas de adobe, cubiertas con tejados hechos de ramas y tierra; el cerro sobre el que se levanta tampoco es tan escarpado como pretendía la leyenda, y sus murallas, mal edificadas, aparecen reemplazadas en algunos puntos por simples empalizadas; por si fuera poco, la guarnición numantina es muy reducida: apenas unos militares de hombres frente a las decenas de miles de soldados del ejército romano. Escipión, sin embargo, renuncia por adelantado a lanzar a sus tropas al asalto de la ciudadela española; sabe perfectamente cómo podría ser el ensañamiento de su defensa; espera reducirla por el hambre, sometiendo a los numantinos a uno de los sitios más sabiamente herméticos que haya registrado la historia.

"Numancia contaba con unos 10.000 habitantes, de los que aproximadamente 4.000 eran combatientes. Las fuerzas romanas a las órdenes de Escipión eran de 60.000 hombres, 20.000 romanos apoyados (sobre todo la caballería) por 40.000 iberos.

"Tras haber establecido campos atrincherados al norte y al sur de Numancia, Escipión los une por una sólida empalizada que rodea totalmente la pequeña ciudad; y al abrigo de ese valladar harán los legionarios, con ayuda de todo un ejército de obreros, los trabajos definitivos del bloqueo. Los dos campos atrincherados en las extremidades del dispositivo se transforman en verdaderas fortalezas (de las que se han encontrado importantes vestigios) y su instalación se realiza en previsión de varias invernadas, en el caso de que fueran necesarias: cuarteles de albañilería para las legiones, pretorio de justicia militar, espaciosos alojamientos del estado mayor, precedidos de un elegante peristilo a la manera griega. Desde lo alto de las atalayas que dominan todos los accesos a la ciudad, los vigías darían la voz de alerta al menor intento de salida por parte de los sitiados. Entre esas dos plazas fuertes principales, siete fortalezas secundarias se escalonan alrededor de la ciudad, unidas unas a otras por una gruesa muralla de alabañilería, continua y sin puertas, de unos diez kilómetros de longitud; en los diversos ríos sobre los que cabalga esa muralla se colocan rastrillos para impedir todo paso de nadadores clandestinos.

»El dispositivo de bloqueo, en su conjunto, es bastante hermético para impedir toda penetración de avituallamiento en Numancia; aún es necesario prevenir eventuales tentativas de la reducida guarnición para abrirse paso. Para ello, la larga muralla está jalonada por unas trescientas torres «de artillería" cuyas catapultas lanzarían sus pesadas flechas y sus "bombas" de piedra con un alcance suficiente (unos doscientos metros) para cruzar eficazmente sus disparos: otros proyectiles de piedra más gruesos, capaces de aplastar todo material de asalto del enemigo, pueden ser lanzados por una cuarenta potentes balistas, levantada sobre las nueve fortalezas del dispositivo de bloqueo.

"En caso de ataque, la coordinación de la operaciones a todo lo largo del dispositivo está asegurada por un sistema apropiado de señales: banderas rojas durante el día y hogueras durante la noche para la transmisión de órdenes a distancia, corneta para su repetición local. Era necesaria una vigilancia constante y se cuenta que Escipión cada día y cada noche hacía un recorrido completo de todas las obras; es bastante inverosímil, si se tiene en cuenta su longitud, pero no hay duda de que la leyenda fue suscitada por las frecuentes inspecciones, efectuadas tanto de noche como de día, de un jefe de ejército que pensaba en todo.

"Después de algunos meses de riguroso aislamiento, la inquietud fue creciendo en Numancia, donde los víveres son estrictamente racionados. El establecimiento de un enlace con el exterior para solicitar ayuda militar parece imposible; cinco valientes jinetes numantinos lo intentan y lo logran. En una noche muy oscura, habiendo establecido con largas vigas un plano inclinado sobre el muro romano, pasaron con sus caballos, cuyos cascos iban envueltos en paja; cuando se dio la alarma en el campamento romano los jinetes galopaban ya lejos. Pero su audaz tentativa no tendría resultado; los pueblos cercanos, sometidos ya a los romanos, no desean volver a la lucha; sólo en una de las aldeas los jóvenes guerreros responden favorablemente a la llamada de los numantinos; pero al día siguiente son rodeados por la caballería romana y cientos de ellos acaban con la mano cortada; los ancianos de su propia tribu los habían denunciado.

»Acosados por el hambre, sin número suficiente para abrirse paso y sin esperanza de ayuda militar alguna, los defensores de Numancia parecen dispuestos a la capitulación, siempre que ésta sea honrosa. Cinco de ellos, revestidos con pieles de lobos, que entre los celtíberos (como entre nosotros la bandera blanca) identificaban a los parlamentarios, se presentan a Escipión, apelando a su magnanimidad con un enemigo valeroso; pero lo que exige el cónsul romano es la entrega de todas las armas en un lugar designado por él; después, la rendición sin condiciones de toda la guarnición desarmada.

"Sabedores de tales condiciones, los numantinos las rechazan con indignación y en su furor llegan a acuchillar a sus propios parlamentarios. Pero el hambre se agrava; agotados todos sus recursos en ganado, los numantinos se alimentan aún por algún tiempo con la piel de los animales sacrificados y con paja; después organizan para los combatientes un abastecimiento de carne humana, acabando primero con los moribundos y matando después a los enfermos y débiles. Cuando ya no queda literalmente nada que comer, la guarnición -que ya no se compone sino de demacrados fantasmas- hace una nueva llamada a la clemencia de Escipión; éste mantiene sus humillantes condiciones. Entonces, los sitiados, tras haberse embriagado con su cerveza local, incendian la ciudad, echando en el fuego sus bienes y sus armas; después se da muerte allí mismo la casi totalidad de los supervivientes, a fin de no presenciar la caída de su ciudad. De la asolada ciudadela los romanos no verán salir más que a unos pocos supervivientes y en tal estado de miseria que un testigo -escritor griego, amigo de Escipión, Polibio- nos los describe así: cabellos y barbas hirsutas, uñas convertidas en garras, cuerpos esqueléticos cubiertos de harapos, pero la mirada altiva y llena de odio. Escipión guarda a cincuenta de ellos para que, encadenados, precedan en Roma su carro de triunfo; los otros son vendidos como esclavos. De la heroica Numancia nada queda y Escipión, pronunciando sobre sus escombros la antigua sentencia de maldición, prohíbe que sea reconstruida.»

Extractado del libro "Intimidades de la Historia", de Carlos Fisas, editorial Planeta. Pags.


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