Las mujeres de Buenos Aires en los años 1826-33, vistas por un viajero francés:

"En el día el cuerpo a lo María Estuardo, vestido de raso color de rosa, guarnecido de flores; mangas henchidas quizás en gigots; collar y el inseparable abanico... ¡El abanico!, especie de cetro que jamás abandona una porteña, especie de talismán cuyo poderío tal vez no sospechan aún nuestras señoras; y el más lindo piececillo del mundo, oprimido por unas medias de seda blancas, por un zapato de la misma ropa, modelado adrede en las famosas zapaterías de las dos capitales de la civilización europea. Sin embargo, siempre hará que se distinga una porteña de todas las mujeres del resto del mundo un adorno especial; un adorno a que atienden tanto como a la vida; y casi me atrevo a decir más que a ella: es un inmenso peine, que parece un grande abanico convexo, más o menos precioso y más o menos adornado, según su rango y bienes; pero que la sigue por todas partes: solamente se difieren y varían los acompañamientos con las horas y circunstancias. ¿La señora porteña va a la iglesia? El peine... pero con una gasa negra y un grande velo del mismo color, con que se cubre las espaldas, pecho y brazos... Tiene su libro de oraciones en la mano, y va seguida de un criado negro, en traje de groom, el cual lleva una alfombra en el brazo para arrodillarse su señora, porque no hay sillas en las iglesias de Buenos Aires. ¿Va la señora al paseo? El peine... y además un velo grande de blonda bordada, especialmente con las mangas abiertas y colgando, dentadas, vestido con gigots, brazaletes, y el pañuelo en la mano. Su traje de verano es el peine, con cofia, un corto vestido blanco, chal azul y pañuelo amarillo. En invierno, siempre el peine; pero junto a un velo de color de rosa, una cachemira blanca que cubre todo el talle, un pañuelo de cualquier color y borceguíes. Aquí me detengo para que no usurpe por más tiempo mi diario de viajes los derechos de un periódico de modas; y termino mi revista. haciendo notar que las señoras de Buenos Aires, generalmente, parecen querer mucho en sus vestidos el brillo y variedad de colores. También es de notar que la mayor parte de las mujeres de este país están bien, y que muchas de ellas son de una exquisita belleza. Su color es comúnmente de una deslumbrante blancura, contrastando con el ébano de su hermoso cabello; su nariz es aguileña, su sonrisa llena de dulzura; sus grandes ojos negros, que hacen tan justamente celebres a las damas españolas, tienen una expresión que rara vez se encuentra en los climas septentrionales. Finalmente, se distinguen por la gracia y majestad en el andar, bailando y andando siempre bien, sin la menor muestra de afectación."

"De viaje pintoresco a las dos Américas, Asia y Africa", por A. D'Orbigny y J.B. Eyriès.


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