LAS INVASIONES INGLESAS
Extracto que relata las dos invasiones frustradas que efectuaron los ingleses a la ciudad de Buenos Aires, por ese entonces perteneciente a la corona española.
Los Tehuelches en la invasiones inglesas
En las postrimerías del siglo XVIII, la declinación de España como potencia colonial coincide con el afianzamiento de la supremacía inglesa en el mundo. Según las concepciones mercantilistas predominantes, poder político y capacidad económica marchaban de la mano, de modo que la hegemonía continental se vio estrechamente vinculada a la necesidad de expansión colonial. Las nuevas teorías consideraron al comercio como uno de los elementos del poder del Estado. Ya en 1618, el marino inglés sir Walter Raleigh explicaba al rey Jacobo I: "Quien manda en el mar, manda en el comercio del mundo, manda en las riquezas del mundo y, consecuentemente, en el mundo mismo". Esta concepción del orden mundial es la que llevó, sin duda, a Inglaterra a lanzarse a la conquista de las rutas comerciales que le permitieran afirmar su hegemonía.
| El paso hacia una nueva época está
señalado por la aparición de un espacio de dominio
político hasta el momento inexplorado: el mar océano.
En este período histórico naciente, llamado por algunos
oceánico, Inglaterra buscará en Europa un equilibrio
que le deje las manos libres para lanzarse a la conquista
de su predominio marítimo y comercial y sentar las bases
de su política imperial. A partir de la muerte de Carlos II, rey de España, en 1700 se acentúa la rivalidad entre Inglaterra y Francia. Como Carlos II no tuvo descendencia, en su testamento asignó el trono a un miembro de la familia de los Borbones. Inglaterra sintió amenazado el equilibrio europeo, pues el acercamiento entre Francia y España significaba nuevamente el peligro de que renaciera la idea de una monarquía universal. Una guerra enfrenta a España y Francia, aliadas, contra Gran Bretaña, Austria y Holanda. Durante doce años estos países, enfrentados, pelearon por una corona que definiría la suerte de Europa en los próximos siglos. Finalmente, el Tratado de Paz firmado en Utrecht en 1713 cierra el conflicto bélico y abre las puertas a la hegemonía británica. Inglaterra obtiene ventajas que le permiten fortalecerse en el mar, detener la expansión francesa y socavar el imperio español de ultramar. Y uno de los privilegios más importantes: la autorización para vender 4.800 esclavos por año a la América española durante un período de treinta años, más el envío regular de un barco cargado con mercancías. |
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A fines del siglo, un hombre de la Ilustración española, el conde de Aranda, famoso por sus proyectos de modernización, entiende que la supervivencia de España como potencia pasa por la conservación y el afianzamiento del imperio americano. Ante la evidencia del propósito británico de quebrar el imperio español, en 1770 presenta un plan al rey en el que propone hacer frente a esas pretensiones. Aranda sostiene que el poder de Inglaterra depende del comercio ultramarino, y que interrumpido ese comercio se verían afectadas las bases de ese mismo poder. La falta de aliados de Inglaterra en el continente europeo y la guerra de la Independencia de las trece colonias que debe enfrentar en la América del Norte "da ocasión -dice Aranda- para reanudar la contienda hispano-francesa contra Inglaterra". La advertencia que Napoleón había dirigido al Directorio no fue escuchada: "Hagamos confluir todos nuestros esfuerzos en la flota para destruir a Inglaterra. Entonces tendremos a Europa a nuestros pies". La capacidad de la flota francesa había quedado resentida luego de la gran revolución y mientras tanto los ingleses habían fortalecido la suya. Los combates de junio de 1794 al Oeste de Brest. y la batalla de Trafalgar. en octubre de 1805'. confirmaron con creces la superioridad naval británica. La derrota demostró que el Atlántico pertenecía a los ingleses: Inglaterra consolidaba su territorio mientras lo expandía. Entre 1804 y 1811, esa expansión se traducirá en un ritmo de casi 700 kilómetros cuadrados de territorio por día.
La política de expansión inglesa se elaboraba con una sabia mezcla de audacia y prudencia. La audacia que dicta la codicia inmediata y feroz. y la prudencia de los políticos más cautos. que pensaban en el largo plazo más que en saciar a cualquier precio los apetitos de tesoros y botines. Intereses públicos y privados convergían. según las circunstancias. Y cuando Buenos Aires apareció como uno de los principales centros de ese mundo Atlántico al que Inglaterra se volcaba las dos actitudes -audacia y prudencia- influyeron en los planes de desembarco en el Río de la Plata. A fines del siglo XVIII. cuando se rompe la alianza entre España y Francia. se gestan dos planes el de Nicholas Vansittart y el del general Tomas Naitland. Ambos tenían en común la idea de una invasión "en arco". que tomara Buenos Aires. avanzara hacia Chile y se desplazara posteriormente hacia el Perú. El plan de Naitland. de 1800 era una versión depurada del plan anterior y exigía coordinar con fuerzas que en Chile derrotaran a los españoles y emanciparan Perú y luego Quito. Pero Henry Dundas en tonces secretario de Guerra pensaba que para los intereses permanentes de Inglaterra el objetivo principal era la conquista de nuevos mercados en América del Sur. La invasión no se concretó pero el interés inglés siguió vigente. Cinco años mas tarde a mediados de 1804 tres hombres se reúnen para desempolvar esos proyectos archivados. Se trata nada menos que del primer lord del Almirantazgo, Henry Melville, el primer ministro, William Pitt y de un tercer hombre cuyo destino estará enlazado con los territorios del Río de la Plata: el comodoro Home Riggs Popham. Detenerse un momento en su personalidad puede ayudar a entender el desarrollo posterior de los acontecimientos. Popham era explorador astrónomo y gran organizador de expediciones. Más adelante haría fortuna comerciando con China, pero por el momento contaba con una acreditada carrera diplomática en la que su habilidad negociadora lo había llevado a tratar con algún príncipe árabe y hasta con el zar de Rusia. No era un improvisado, y su carácter impetuoso no autoriza a negarle las cualidades de una fría inteligencia.
| La propuesta de Popham no consistía en una conquista militar de
América del Sur, aunque se esforzó en demostrar que,
sin embargo, ella debía ser el comienzo de su plan de
"dominar todos sus puntos prominentes",
aislándolos de sus conexiones con España. La ocupación
militar, sostenía Popham, debía servir de apoyo a la
expansión comercial. Estas ideas no desentonaban con las
de los estrategas británicos, que pensaban que una
manera de hacer frente a las ambiciones de Napoleón
consistía en extender el imperio británico. Lo que se discute en 1804 es la forma que debe asumir tal empresa y la oportunidad elegida para concretarla. Y allí chocan las opiniones apegadas al provecho inmediato contra las que apuntan a políticas de Estado a largo plazo. Otra vez la audacia y la prudencia. Si bien podía compartirse la idea de neutralizar el poder español en las tierras del sur, fomentando la independencia del virreinato, merecía más reparos la pretensión de sustituir un dominio colonial directo por otro. Lo aconsejable era, entonces, no desatar una revolución, sino más bien apoyar o estimular la independencia bajo la discreta mirada de Gran Bretaña. Melville no creía conveniente encender los celos y resentimientos de los grupos internos del Virreinato, los cuales enfrentados entre sí, sin la experiencia necesaria de gobierno, se verían conducidos, como dice el historiador Robert Ferns, "a guerras civiles interminables, masacres y desmanes, que convertirían todo el continente de América del Sur en un escenario de confusión saqueos y matanzas". |
![]() Home Roggs Popham |
Pero la historia a menudo avanza más allá de los planes y de las reflexiones, en una aceleración de acontecimientos en la que sus protagonistas deciden de acuerdo con sus propias inclinaciones. Popham recibe, a mediados de 1805, la orden de escoltar la expedición del general David Baird a Ciudad del Cabo. Las fuerzas inglesas zarpan a fines de agosto con 6.300 hombres, y a comienzos de enero de 1806 los británicos recuperan el puerto de Ciudad del Cabo, entonces ocupado por los holandeses aliados de Napoleón. Mientras permanecen en el puerto, Popham se entera de la batalla de Trafalgar, en la que Nelson desbarata el poderío naval franco-español. Ronda su cabeza la idea de acometer en Buenos Aires una empresa similar a la realizada en El Cabo. Una orden recibida del Almirantazgo, que le indicaba enviar una fragata a un lugar de la costa sudamericana entre Río de Janeiro y el Río de la Plata, para procurar datos de inteligencia del enemigo y prevenir cualquier posible ataque, termina de decidirlo. Al mismo tiempo, contaba con las noticias sobre la situación en Buenos Aires que le enviaba su ex socio en la India. William White, que residía allí. La audacia triunfa: Popham se presenta ante su comandante y le manifiesta su intención de tomar el Río de la Plata, con o sin apoyo de su ejército. Baird acepta la propuesta y le facilita el 71º Regimiento de Infantería, la artillería necesaria y 1.000 hombres para emprender el proyecto. El comandante no confiaba totalmente en el éxito de la empresa, por lo cual decide el ascenso a general del coronel William Carr Beresford. con la orden de nombrarlo vicegobernador, para excluir la posibilidad de proclamar la independencia de Buenos Aires. Aunque no creyó tampoco en la posibilidad de obtener el tesoro de la ciudad'. no supo captar hasta qué punto se equivocaba Popham en sus cálculos, que sobrevaloraban la importancia de las rivalidades existentes en Buenos Aires entre el gobierno y la sociedad, y las contradicciones que se alojaban en su seno. Popham imaginaba que la llegada de las fuerzas británicas encendería una espontánea y entusiasta adhesión de los partidarios del libre comercio. La realidad le demostraría que el problema no era tan simple.
La expedición zarpa de El Cabo el 14 de abril de 1806, hace escala en Santa Elena, donde obtiene refuerzos, y suma unos 1.500 hombres, de los cuales 36 son oficiales. De los cinco buques, el Narcissus lleva a los mandos de la fuerza, y a mitad de camino éstos desestiman la propuesta de Beresford de hacer pie en Montevideo, y deciden por mayoría atacar Buenos Aires. El 8 de junio la expedición está frente a Montevideo y en la mañana del 25 las naves inglesas aparecen frente a Buenos Aires. El desembarco tarda unas horas y finalmente se concreta en la playa de Quilmes. Azotados por una persistente llovizna, el frío y la soledad reciben a los invasores, mientras las noticias corren por la ciudad, que se va a dormir empleados, la propiedad privada y trató de que la normalidad cotidiana sólo se viera alterada por la férrea vigilancia ejercida sobre los sospechosos de oponerse a la nueva situación. Al decir del historiador Busaniche "la ciudad prestó oficial acatamiento al monarca inglés", ya que Beresford, en su primera proclama, exigió al pueblo el juramento de fidelidad al rey Jorge III.
| Como los planes de Popham daban por supuesto que poniendo fin a las
restricciones al menos volverlo más difícil, en esta
ocasión resultaron inútiles. Pero no solamente el
fuerte estaba vacío: el lugar que debía ocupar el
virrey Sobremonte también lo estaba. Apenas fueron superadas las
débiles defensas, Sobremonte huyó hacia Córdoba,
pensando que allí podría organizar la resistencia y de
paso salvar los caudales. Como lo dirían los
acontecimientos, sus cálculos resultaron tan equivocados
como los que a la misma hora hacían los ingleses. Sobremonte tardó tres días en llegar a la villa de
Luján, y cuando los ingleses lo supieron no perdieron
tiempo en resolver su persecución. Un capitán con
treinta hombres salió el 3 de julio y volvió el 10,
llevando plata acuñada y en barras, gran parte de la
cual había sido arrojada en los pozos del camino,
confiando en que ninguna fuerza militar se atrevería a
penetrar hasta allí. Los ingleses no sabían cuánto tiempo iban a quedarse en Buenos Aires, pero sin duda sus cálculos iban más lejos que aquellos cuarenta y seis días que duró su gobierno. Beresford no produjo actos administrativos ni políticos: más bien de acuerdo con la conmoción que suponía esta ocupación, procuró garantizar la continuidad de los con un solo ojo. En menos de cuarenta y ocho horas, las fuerzas inglesas ocuparon el fuerte: los intentos de ofrecer resistencia descubrían la precariedad de las defensas militares de Buenos Aires. Los españoles siempre habían temido un desembarco inglés, y las medidas tomadas para evitarlo, o para el comercio comenzaría la tan deseada "era de felicidad y prosperidad en estos países", los cambios más drásticos fueron precisamente en este terreno. Las reglamentaciones para el comercio fueron similares a las que regían en otras colonias británicas, y la reducción de impuestos tendería a ampliar el circulo de comerciantes que no desaprobaban la presencia inglesa. La implantación del libre comercio, como lo afirma Tulio Halperin Donghi, "era en verdad el núcleo de un nuevo pacto colonial, a cuya sombra los comerciantes porteños seguramente no hubiesen encontrado fácil seguir medrando". Pero estas medidas herían en el corazón de sus intereses a otros comerciantes y hacendados, ligados al sistema monopolista español. Los derechos de importación, que basta el momento eran del 34 % del valor de la mercadería, fueron reducidos a un 12,5 % para los productos ingleses y a un 17,5 % para los demás. |
![]() Milicia Porteña |
Con el propósito de no fomentar la rebelión social, Beresford no innovó en materia de esclavitud. En relación con los indios, proyectaba la supresión del tributo personal, que no alcanzaba a los grupos que habitaban en el sur, sino a los ya escasos que vivían en las lejanas provincias del noroeste. Pero estos recaudos no tuvieron en cuenta los infinitos matices de una sociedad que, si bien pequeña, tenía ya sus posiciones originales en relación con el camino que elegiría si España no satisfacía sus necesidades de autonomía. El suelo que pisaban los ocupantes ingleses era apenas un minúsculo fragmento de un dilatado e inabarcable territorio, hostil por sí mismo a las pretensiones de una rápida y fácil ocupación. Y la resistencia no fue percibida en su justa dimensión por los ingleses, ni tampoco surgió de los factores que ellos preveían, así como la disposición de los habitantes no fue tan favorable como registraron en sus cálculos previos.
La fácil penetración desde Quilmes hasta el fuerte operó como un factor que a la larga fue negativo para los ingleses, pues les permitió alimentar conjeturas equivocadas. Subestimaron la capacidad de respuesta local y sobrevaloraron las fuerzas que eventualmente les permitirían prolongar la ocupación y asegurarla más tarde con la llegada de otros refuerzos, que se trasladarían a otros puntos del extenso virreinato. Una ciudad que no superaba los 40.000 habitantes, apenas preocupada por sostener materialmente su defensa y sin amenazas ciertas durante años, presentaba tan engañadoras apariencias de indefensión. El desorden y la confusión de los intentos iniciales de rechazar la invasión por parte de criollos y españoles confirmaba esa pretensión de fragilidad. Un capitán del ejército británico, Alexander Gillespie, que en 1818 escribió el relato de su experiencia americana, recordaría que cuando las tropas llegaron al centro de la ciudad, "... en los balcones de las casas estaba alineado el bello sexo, que daba la bienvenida con sonrisas y no parecía para nada disgustado con el cambio". Según el mismo testimonio, algunos criollos lo visitaban en su casa "para hacer el ofrecimiento voluntario de su obediencia al gobierno británico". Y añade que "los más de nuestros oficiales se alojaban en casas de familias particulares, que les otorgaban las más bondadosas atenciones que asentaron el cimiento de amistades recíprocas".
En septiembre, apenas tres meses después del desembarco, en Inglaterra se tiene noticia y prueba palpable del éxito obtenido en el Río de la Plata cuando grandes carros que arrastran toneladas de pesos de plata son paseados por la ciudad de Londres y depositados en el Banco de Inglaterra. Pero a pesar de tan halagüeñas perspectivas, la profesionalidad de las fuerzas armadas británicas no alcanzó para superar las dificultades que la combinación de terreno, hombres y circunstancias trenzaron para frustrar este primer intento de ocupación.
La apariencia de calma que en un comienzo tanto impresionó a los ingleses no duraría mucho. Ya a mediados de julio comienzan a sucederse todo tipo de situaciones que dan muestra de que un complot se está gestando: centinelas que son atacados por jinetes desconocidos; rumores de que los sermones de los sacerdotes instan al pueblo a tomar las armas contra el invasor, etcétera. Hasta que se conoce la existencia de un gran polvorín en el regimiento de Flores que no ha sido entregado a los jefes ingleses, y esta señal de alarma coincide con la información de que, en reuniones nocturnas, algunos civiles se ejercitan en el manejo de las armas. "En una ciudad tan extendida - dice Gillespie- era imposible observar o impedir las maniobras de la gente." El 2 de agosto, Beresford consigue deshacer al grupo de Juan Martín de Pueyrredón, que organiza una escaramuza en la Chacra de Pedriel.
Lo cierto es que Liniers había concentrado todas sus fuerzas y, después de organizarlas en Colonia, esperaba el curso de los acontecimientos para eludir las cañoneras inglesas y así poder desembarcar. Logra hacerlo en el Tigre el 6 de agosto, y avanza bajo una fortísima lluvia que convierte el terreno en un lodazal. Cuando el tiempo mejora, las tropas consiguen llegar a los Corrales de Miserere. El día 9 se les une Juan Martín de Pueyrredón. El otro jefe era Martín de Álzaga: los planes de estos tres hombres hicieron tambalear y luego caer las ambiciones inglesas. Las dificultades para disponer de cabalgadura, alimentos y Otros recursos, más la acción bélica sobre los soldados británicos abrieron las puertas a la deserción, hecho que debilitó la moral de sus fuerzas a punto tal que Beresford tuvo que imponer por bando la pena de muerte para los desertores.
Al llegar a los Corrales, Liniers añade a la demostración de fuerza un alarde de confianza: envía un emisario que íntima a Beresford a la rendición. El jefe inglés intenta hacerse fuerte en la plaza Mayor. Liniers avanza hacia el centro y a la noche acampa en Retiro, donde los pobladores entusiastas se suman a sus fuerzas. Un breve combate le permite recuperar el arsenal el 11 de agosto. Mientras se acerca a la plaza, el desenlace parece previsible: se impone el peso del número sobre la disciplina militar. La plaza se transforma en un infierno. Las calles, dirá un testigo, son senderos de la muerte. El fuego intenso que parte de los techos de las casas siembra de cadáveres las calles. Beresford comprende que todo está perdido y ordena replegarse al fuerte e izar la bandera de parlamento. Según la tradición, Liniers entró al Cabildo para encontrarse con Beresford, que quiso entregarle su espada, gesto que el jefe de la Reconquista no admitió; la rendición, sin embargo, quedaba sellada. En las primeras horas de la tarde del 12 de agosto de 1806, el Regimiento 71 desfila entre soldados criollos y españoles.
Apenas cuarenta y ocho horas después de la capitulación británica, asoman las inevitables consecuencias. La cabeza de Sobremonte cae sin necesidad de forzar su destitución como virrey, y la presión popular para lograr su desplazamiento se encauza en el Cabildo, que lo reemplaza por Liniers, el hombre que había organizado la Reconquista y culminado con éxito la ofensiva final. Este cuestionamiento de los rígidos y cerrados cuerpos virreinales por parte de una incipiente iniciativa social escandalizó a los españoles absolutistas, que sabían -como sabían los criollos- que los ingleses estarían de regreso en unos meses más. Y mientras los criollos aspiraban a mejorar el sistema de milicias, los españoles clamaban a Madrid para que evitara este avance sobre los cuerpos consagrados de gobierno. El fiscal de Audiencia veía en el caso de Liniers un "malisimo ejemplo", y sostenía que "no debe tolerarse que el pueblo imponga su voluntad"..
¿Qué pasaba mientras tanto en Inglaterra? Los 165 muertos dejados en las calles por la batalla impusieron la vuelta al realismo más estricto. Lord Melville, al sobrevenir la derrota, anotó que "ni la historia de este país [Inglaterra] ni la de ningún otro pueden ofrecer el ejemplo de una expedición emprendida y conducida con menos juicio y menos habilidad". La idea de que llegar a Buenos Aires era fácil pero salir de ella no tanto circulaba en los círculos de poder, aunque se hubiera desestimado la capacidad de respuesta de los grupos sociales porteños. Un teniente coronel británico señaló años después, en el juicio del general John Whitelocke, que en Buenos Aires "todos eran enemigos, todos armados, desde el hijo de la vieja España hasta el negro esclavo. De todas maneras, Inglaterra envió refuerzos para sostener a Beresford y a Popham. Aunque llegaron tarde, sirvieron para organi zar un segundo intento de invasión.
La corriente de opinión británica que defendía la idea de conquistar una posición comercial antes de promover una revolución tenía ahora argumentos en su favor. El fracaso de la primera invasión, si no indicaba el cierre de toda pretensión respecto de Buenos Aires, por lo menos aconsejaba mayor cautela y tacto. El refuerzo de tropas que habían enviado a Beresford -6.300 hombres al mando del mayor general sir Samuel Achmuty- mostraba por lo pronto una gran superioridad numérica y de recursos, aunque tuviera tan poca experiencia como el primer contingente. En enero de 1807 llegaban a Londres las noticias de la rendición de Beresford, y casi al mismo tiempo arribaban las fuerzas de Achmuty a las costas de Maldonado. Como señala Ferns, el gobierno inglés reforzaba no sólo sus tropas en el Río de la Plata, "sino que reforzaba también los errores políticos de sus comandantes". Las nuevas tropas fueron puestas bajo el mando del general John Whítelocke, quien recibió un detalle de la fuerza que tendría a su cargo: 12.500 hombres en total. El ministro Windham transmitió a Whitelocke la orden de su Majestad: que Buenos Aires quedara bajo el dominio inglés. El 16 de enero Whitelocke desembarcó en Montevideo, doblegó sin esfuerzos la plaza y sitió la ciudad, a la que luego tomó por asalto. Tenía claro que no debía repetirse el error de Popham, es decir ocupar Buenos Aires sin que Montevideo estuviera asegurada.
Los procedimientos respecto de la población civil también fueron distintos. La edición de un periódico bilingüe que alcanzó siete entregas. debía asegurar un enlace fluido con los habitantes de la ciudad. El 21 de junio, Whítelocke partió de Montevideo y dejó allí unos 2.000 hombres a cargo del coronel Gore-Browne, al que designó como gobernador. El desembarco en Ensenada fue nuevamente difícil para los ingleses. Con más de 9.000 hombres, otra vez la lluvia perjudicó el movimiento de las tropas. Los ingleses habían elegido de nuevo el mes de junio para la ocupación, esta vez el día 28. El historiador Ferns, quien gusta de las paradojas plantea que el jefe británico era "demasiado inteligente para obtener éxito" y, seguramente, falto de confianza en sí mismo. Pero sin duda no era un improvisador. A pesar de eso, hubo malentendidos y quizás también una sensación previa de derrota asociada a la reacción del pueblo durante la primera invasión que de entrada disminuyó las probabilidades de éxito Liniers disponía de una fuerza de 8.000 hombres uniformados y con cierta preparación. Los invasores tenían que recorrer 65 kilómetros desde el lugar del desembarco basta el Retiro, atravesar el Riachuelo por el puente de Gálvez -el único que había en aquella época- y enfrentarse con dificultades incalculables.
La lentitud del avance resulta notable, aun si comparamos el tiempo empleado en la primera invasión. El 1 de julio las tropas inglesas llegan a Quilmes. Liniers las esperaba, dispuesto a atacarías. El plan de Whitelocke era sencillo: atacar la ciudad con la artillería pesada, "casa por casa, y calle por calle, de manera que no quedara ningún lugar de protección para los francotiradores y guerrilleros". Demolidas las casas, el ataque se centraría sobre el fuerte, para volver a izar en él la bandera inglesa. Aquel plan contradecía las instrucciones dadas al general en el sentido de ganarse la voluntad de la gente. Y se añadió a esto, como una tremenda jugarreta del destino, que un lugarteniente de Whitelocke, un tal Gower, interpretó mal la orden de no avanzar hacia ja plaza y se dirigió hacia ella.
Luego del combate de Miserere, Álzaga había dispuesto fortificar el centro para hostigar a los invasores sí se proponían avanzar hacia allí. Esta vez, y con un plan, los resultados fueron catastróficos para los ingleses. El fuego de las fuerzas rioplatenses fue tan intenso como efectivo. Los ingleses veían con espanto la cantidad de bajas que los disparos con que los recibían los porteños les ocasionaban. Pronto estuvo claro que no tenía sentido empeñarse en una matanza mayor. Las tropas inglesas, dispersas, comenzaron a retroceder, y en algunos casos, a capitular. Puestos a debatir los pasos a seguir, los jefes británicos admitieron que no quedaba otro camino que la rendición.
La orden de Whitelocke fue que Gower gestionara el entendimiento con los jefes enemigos y la rendición de su ejercito. "Por la tarde el fuego había cesado y al día siguiente, 7 de julio de 1807, se firmó un acuerdo nacional." El día 11, Liniers ofrecía un banquete a los jefes derrotados.
Cuando la noticia de esta segunda y fulminante capitulación llegó a Londres, la indignación y la humillación rivalizaban en intensidad. No se podía argumentar ya, como se hizo con Popham, que se había actuado desobedeciendo órdenes o sin contar con el consentimiento de su Majestad. Para los hombres más lúcidos, las razones de las dificultades que encontraba el ejército británico eran políticas y no militares. Según estos mismos hombres, ni una pura concepción comercial ni una parcial visión militar ayudarían al
éxito de los planes británicos en el Río de la Plata. Tanto lo militar como lo comercial carecían de un fundamento político claro. Sin embargo, tratar de resolver esta contradicción no podía sencillamente consistir en el intento de lograr "influencia política", sino que mejor sería tratar de obtener "influencia comercial" con inteligencia y tacto político, lo cual encerraba una diferencia sutil pero profunda. En otras palabras, el camino para L lograrlo no pasaba por "conquistar" estos territorios, sino en proyectar sobre ellos una tenue pero firme luz protectora. Las cosas no fueron fáciles para Whitelocke, quien concentró todas las iras de la opinión pública. No solamente estaban las críticas del periódico principal, The Times, que calificaba los dos intentos como teñidos de "avaricia y pillaje" y los comparaba con "las vergonzosas expediciones de los bucaneros", sino que la idea generalizada era que se carecía de todo plan. Y esto no podía ser tolerado por el racional espíritu inglés, que podría resistir una derrota si ésta confirmaba el fracaso de una estrategia, pero que no podía perdonar a sus generales el verse embarcada como nación en un proyecto tan costoso como innecesario.
Los platos rotos los pagó Whitelocke, y si los errores estuvieron en la conducción político-militar de la aventura, los responsables no enfrentaron las consecuencias. El comandante tuvo que sentarse en el banquillo de los acusados y la justicia militar lo expulsó del ejército. Entre enero y marzo de 1808, un consejo de guerra lo enjuició, y Whitelocke trató de demostrar que toda la responsabilidad del fracaso de la expedición al Río de la Plata le correspondía al gabinete político del partido whig.
Las palabras finales del fiscal que tiempo después juzgara en Londres el desempeño de los responsables del emprendimiento sintetizaron, tal vez sin proponérselo, la acción británica en el Río de la Plata: "Con este desgraciado suceso, se han desvanecido todas las esperanzas que, con razón y uniformidad, se acariciaban de descubrir mercados para nuestras manufacturas, de abrir un horizonte nuevo a la inclinación y actividad de nuestros comerciantes, de hallar nuevas fuentes para el Tesoro y nuevos campos para los esfuerzos, de surtir las rústicas necesidades de países que salían de la barbarie o los pedidos artificiales y creciente, de lujo y refinamiento en aquellas apartadas comarcas del globo". Más que el pensamiento de un fiscal militar, estas palabras parecen sintetizar la visión de una potencia europea que no atina a comprender por qué los habitantes de una ciudad donde una incipiente conciencia de nación empezaba a gestarse renunciaban a una opresión burdamente disfrazada de amistad.
Extractado del libro "Historia integral de la Argentina", de Felix Luna.
LOS TEHUELCHES CONTRA LOS INGLESES: LA PARTICIPACIÓN INDÍGENA DURANTE LAS INVASIONES INGLESAS
Todos saben, que fueron, las invasiones Inglesas. El 27 de junio de 1806 un ejercito ingles de mas de mil quinientos hombres y cuatro piezas de artillería conquista Buenos Aires, una ciudad que al momento contaba con no más de 40.000 habitantes. La ciudad es reconquistada por las fuerzas locales, 2.500 hombres al mando de Liniers, el 12 de agosto del mismo año.
| Lo que muy pocos saben es el papel que
jugaron los indígenas en las Invasiones Inglesas. Cuando
hablo de los indígenas, no me refiero a los que
integraban los "cuerpos voluntarios" que se
constituyeron para resistir al invasor, estos vivían y
trabajaban en Buenos Aires. Los cuerpos Voluntarios
contaron al menos con dos agrupaciones principales:
Indios, Morenos y Pardos (que contaban con 426 hombres en
1806) y cuerpo de Indios, Morenos y Pardos de Infantería
(con un total de 352 hombres). Pero de ellos no se trata
este articulo. Si, de los indígenas libres de la
provincia de Buenos Aires, cuyos caciques concurrieron al
cabildo de Buenos Aires a ofrecerse en la lucha contra el
invasor. Estos indígenas eran los tehuelches, que
habitaban en la Pampa y Patagonia, y luchaban
constantemente con los araucanos provenientes de Chile. Cinco días después de la rendición de los ingleses, el 17 de agosto de 1806, mientras los miembros del cabildo tratan sobre los problemas del momento, "... se apersono en la sala -dice el acta correspondiente- el indio Pampa Felipe con don Manuel Martín de la Calleja y expuso aquel por intérprete, que venía a nombre de dieciséis caciques de los pampas y cheguelches a hacer presente que estaban prontos a franquear gente, caballos y cuantos auxilios dependiesen de su arbitrio, para que este I. C. echase mano de ellos contra los colorados, cuyo nombre dio a los ingleses; que hacían aquella ingenua oferta en obsequio a los cristianos, y porque veían los apuros en que estarían; que también franquearían gente para conducir a los ingleses tierra adentro si se necesitaba: y que tendrían mucho gusto en que se los ocupase contra unos hombres tan malos como los colorados,...". |
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Los cabildantes agradecen el ofrecimiento y piden a Felipe que comunique a los caciques que harían uso de la oferta "en caso necesario y la tendrían muy presente en todo tiempo". Y, además, se le dio al cacique Felipe tres barriles de aguardiente y un tercio de yerba.
Al mes los indígenas vuelven al Cabildo. Esta vez Felipe acompaña al cacique pampa Catemilla, ratifican la oferta anterior "y expuso que solo con el objeto de proteger a los cristianos contra los colorados (...), habían hecho las paces con los Ranqueles, con quienes están en dura guerra". La escuadra de Popham seguía en el río esperando refuerzos. Los cabildantes otra vez agradecen la ayuda ofrecida, les dicen que los llamaran en caso necesario y le entregan un regalo igual que a Felipe el mes anterior.
En otra sesión, 22 de diciembre, se presentan diez caciques. Los cabildantes le dicen a los indígenas que "La fidelidad, amor y patriotismo de las numerosas y esforzadas tropas que en cuerpos se hallan formadas, aseguran la defensa de esta hermosa capital y por lo mismo sólo os encomiendan hoy el celo y vigilancia de nuestras costas, para que los ingleses nuestros enemigos y vuestros a quienes llamáis colorados, no os opriman ni priven de vivir con la tranquilidad que disfrutáis y os profesan las mejores y más benignos de los Soberanos del Mundo."
El 29 de diciembre se presentan los caciques Epugner, Errepuento y Turuñanquu que ofrecen además de su colaboración la de los otros caciques: Negro, Chulí, Laguini, Paylaguan, Cateremilla, Marcius, Guaycolan, Peñascal, Lorenzo y Quintuy. Ofrecen hombres y ayuda.
Los caciques estaban dispuestos a no ser menos unos que otros en cuanto a ofrecer ayuda. Dos meses antes de la segunda invasión inglesa, abril de 1807, se presenta el cacique Negro de Patagones a ofrecer su ayuda y la de otros jefes que lo acompañan.
A pesar de tantos ofrecimientos de ayuda indígenas y los agradecimientos de españoles y criollos, la alianza no se concreta. Los gobernantes desconfiaban y despreciaban a los indígenas. Esa desconfianza fue la causa de que no se los convocara a la lucha contra los ingleses durante la segunda Invasión Inglesa.
Los refuerzos llegaron, y los ingleses volvieron a desembarcar, en junio de 1807, nuevamente en Quilmes. Esta vez son muchos, cerca de diez mil hombres al mando de John Whitelocke. Buenos Aires estaba preparada, con una fuerza de siete mil hombres comandados por Liniers, el héroe de la reconquista. La ciudad entera combatió, un soldado ingles dijo que cada chico, cada mujer, cada vieja y cada casa eran su enemigo.
Las calles de Buenos Aires fueron el campo de batalla, un infierno. Los "colorados" dejaron definitivamente sus ideas colonialistas con Buenos Aires.
¿Hacia falta que la ciudad se convirtiera en un infierno? ¿Que los campos fueran devastados por el enemigo? ¿Se habría rechazado a los ingleses antes con la ayuda indígena? No se sabe, y no se pudo saber por la desconfianza que tuvieron los cabildantes a los indígenas, y a la idea de tener miles de indios y sus caballos dando vueltas por la ciudad.
Martín A. Cagliani: Estudiante de las carreras Historia y Antropología Arqueológica en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. E-Mail: bigoc@hotmail.com