Don Pelayo

Por César Fuentes Rodríguez

A principios del siglo VIII, la Península Ibérica fue invadida y ocupada por el empuje arrollador de los musulmanes, que comprometieron la integridad de la Europa cristiana y su tradición. Sin embargo, en la región denominada Asturias, de espaldas al mar Cantábrico, un ignoto noble visigodo puso en pie de guerra a un pueblo de montañeses que se negaron -como había pasado antes contra los romanos, los suevos e incluso los mismos visigodos- a aceptar la dominación pasivamente, y arrastraron consigo el destino de toda España. Fue el inicio de una asombrosa gesta de ocho siglos que se conoce bajo el nombre de La Reconquista.

Don Pelayo, junto a miembros de su familia, se había establecido por entonces en el norteño valle de Cangas, al igual que otros aristócratas escapados del sur. Era hijo del duque don Fáfila, de quien se dice que, por causa de su esposa, había sido asesinado de un golpe en la cabeza por el propio rey traidor Vitiza -cuyos descendientes vendieron su fidelidad a los moros- en la ciudad gallega de Tuy. Gobernaba el actual territorio de Asturias un bereber llamado Munuza, compañero del gran general de la ocupación, Tariq. Su misión era mantener el orden en la región y cobrar impuestos a los pueblos vencidos. Sucedió en esas circunstancias un hecho que la tradición popular recuerda como detonante del conflicto. Munuza se enamoró perdidamente de la hermana de don Pelayo. No era el primer romance nacido entre invasores y nativos, pero aquí el pretendiente fue desairado, sobre todo por la oposición del hermano. Para sacarse de encima a quien interfería en su destino amoroso, y ante un pedido de sus superiores desde Córdoba de envío de rehenes destacados para utilizarlos a modo de garantía que obligara a los familiares a realizar el pago de impuestos, Munuza les remitió al mismísimo Pelayo entre la partida de prisioneros.

Permaneció cautivo un tiempo, pero después logró fugarse y regresar. Se encontró con que el regente musulmán había cumplido en parte su cometido y pretendía casarse con su hermana. El retorno desató la ira de Munuza, quien envió tropas a apresarlo. Pelayo huyó a las montañas, internándose en la accidentada geografía de Asturias. Comenzó allí la historia épica de un héroe que, con todas las condiciones en su contra, incitaría a la rebelión a un puñado de montañeses indómitos frente al poderío colosal de los sarracenos. Utilizando el método de guerra de guerrillas, pusieron en jaque a las autoridades, pero pronto se volvieron muy conspicuos, y los musulmanes enviaron un temible ejército a las órdenes del general ´Alqama para sofocar la agitación. Los astures terminaron acantonándose en un valle angosto, delimitado por profundos acantilados y cubierto de frondosa vegetación, lo suficientemente estrecho como para impedir maniobras rápidas de cualquier tropa que decidiese arriesgar suerte en el ataque. Al fondo de este pequeño valle, a medida que iba convirtiéndose en un embudo, aparecía un monte que hoy se llama Covadonga, a cuyo pie se escondía una cueva en la que se rendía culto a la Virgen María quizás ya desde aquel entonces. No era muy grande esa cueva, quizás algo más de trescientos hombres podían ocultarse en ella. Hasta allí se adentró ´Alqama con sus huestes, confiado quizás en la organización de sus soldados, su superioridad numérica y la experiencia de haber visto cómo, una tras otra, cayeron las aldeas en sus manos, casi sin combatir. Los acompañaba un cristiano adicto al bando invasor, un vitizano recordado como don Oppas, quien intentó convencer al caudillo astur de lo inútil de la resistencia. Don Pelayo desoyó por completo la advertencia y decidió no esperar más para iniciar la pelea, a pesar de la desventaja. Los selectos batallones sarracenos avanzaron hacia el fondo del valle, pero los astures los atacaron desde los escarpados flancos, y las flechas de los musulmanes no servían de nada apuntadas hacia arriba contra enemigos que venían en bajada. En lo más reñido de la batalla, don Pelayo y un grupo de los suyos salieron de la cueva donde se guarnecían y arremetieron con tal violencia que provocaron una masacre entre las huestes enemigas, las cuales, tomadas por sorpresa, no atinaron a maniobrar. La matanza fue impresionante. ´Alqama murió en la contienda y tomaron prisionero a don Oppas. Gran parte de los musulmanes se desbandaron en la retirada, volviendo desordenadamente sobre sus propios pasos; muchos se arriesgaron a través de caminos de cornisa que los llevaron a más recónditas gargantas y abruptos desfiladeros donde se despeñaron o fueron ultimados, uno a uno, por los hombres de Pelayo.

La noticia de la terrible derrota y la muerte de ´Alqama aterró a Munuza. Rápidamente reunió a sus hombres e inició la huída hacia el sur, a tierra leonesa. En el camino fue acosado por cristianos sublevados, y finalmente, en el valle de Olalíes, se produjo una nueva masacre donde él mismo también cayó.

No representaron Covadonga y Olalíes la recuperación definitiva de aquella rebelde Asturias para la cristiandad. Muchas batallas, avances y retrocesos sucederían de allí en más. Reveses amargos con miles de bajas, y victorias teñidas de sangre y lágrimas. Pelayo, muerto años después, jamás fue establecido como rey, ni siquiera consiguió fundar una estirpe gobernante, pues hasta su hijo Fáfila desapareció en una cacería atacado por un oso. Sin embargo, de una pequeña chispa nacen los grandes incendios, y don Pelayo, que detuvo el avance de los moros e inició el camino de la Reconquista, es considerado aún hoy el máximo héroe nacional de España.


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